martes, 19 de mayo de 2026

Publicaciones colaborativas con el autor


 

Profesión Prostituta - Crónica

Por: Luis Carlos Pulgaríon Ceballos

Tomado de: Antología Relata 2020. Ministerio de Cultura. 


Supe de ella por dos o tres mujeres que, infructuosamente, intenté

entrevistar en pleno epicentro de la prostitución: las localidades

de Santa Fe y Mártires. «Mejor hable con la Mona»,

me propuso la primera. Otra de ellas soltó su nombre: Sulma.

Anduve de voyeur varias tardes. Algunas de ellas empezaron a

mirarme con desconfianza. Estas calles desahuciadas, habitadas

por decenas de desheredados, tan en el corazón de Bogotá, no

dan para más: un hombre que las espía, que insiste en observarlas

detenidamente, que se niega a atender sus invitaciones procaces

pero que tampoco se aleja, que vuelve al lugar cada tarde

sin ninguna oferta para ellas, no puede más que convertirse en

un elemento altamente sospechoso para estas mujeres que, aun

siendo arriesgadas en su oficio, no dejan de ser desconfiadas

con todo el mundo.

Pude elegir otro lugar para esta crónica. Ir a Chapinero, o a

El Chicó. Entrar a un bar de estrato 3, buscar un testimonio de

una de las chicas del lugar, por lo regular jovencitas que hacen

horas extras para presuntamente pagarse la universidad. Pude

buscar más al norte de la ciudad, o en una agencia de chicas

prepago, estas sí por lo regular universitarias estrato 4 y 5, pero,

desde siempre, me llamó la atención este rincón del centro bogotano;

tal vez el vértigo de lo sórdido me seduce más que entrar

a uno de los miserables cuartuchos en que cualquiera de estas mujeres se entregaría sin amor por infelices y devaluados

quince o veinte mil pesos. Eso vale su humillación ante cada

hombre solitario que las busca.

A Sulma me la presentaron unos amigos abogados, en una

oficina donde ella acudía a pedir asesorías para ayudar a las mismas

trabajadoras sexuales. De inmediato le hablé de mis correrías

por la avenida 19, las carreras 13, la calle 24, entre otras del

centro donde se agrupan decenas de mujeres y de travestis en

busca de un cliente. Le hablé de mi proyecto de novela sobre una

serie de asesinatos de prostitutas ocurridos en 1999, a mi parecer

determinados por la política de lo que se denominó entonces el

Plan de recuperación del espacio público y modernización del

centro. Le hablé de mi necesidad de entrevistar varias mujeres

sin que estas presentaran mayores prevenciones o ficcionaran sus

historias solamente para salir del paso u obtener algunos pesos.

Entonces me contó que ella estaba escribiendo su propia historia.

Quedamos en vernos al día siguiente en su casa, en donde,

además, funcionaba la Organización Cormujer, ong dedicada a

la defensa de las mujeres de la calle y que ella presidía en calidad

de exprostituta, como realmente le gusta que le digan, pues eso

de trabajadora sexual es para ella un sofisma, una forma educada

—y peyorativa— que se inventaron las Damas Verdes del país. A

lo mejor se les caía la lengua si pronunciaban la palabra castiza y

real de su condición de putas.

Tenemos cita a las dos de la tarde. Llego cuarenta minutos

retardado, apenado y temeroso de que no me reciba ya. Ella

sonríe y me dice que no me preocupe, pues tampoco había

cumplido la cita. Si yo hubiese llegado cumplido no la habría

encontrado. Hace muy poco había vuelto a casa, pues le cruzaron

otra reunión a última hora.

El apartamento es un espacio modesto, en un conjunto residencial

ubicado por la carrera 12 con calle segunda. Hay algo

de desorden por todos lados. Me invita a tomar algo. Le pido

agua. Ella va a la cocina y yo aprovecho para observar el entorno.

La poca luz que hay entra por una ventana abierta. Un apartamento normal, sin lujos, con los elementos necesarios, arrumados

por el poco espacio. Un juego de sala en madera, cojines

deteriorados; algunos cuadros (paisajes y bodegones) dispuestos

sin mayor estética en las paredes; una repisa de vidrio donde,

además de objetos varios, hay un equipo de sonido negro.

Sulma regresa con el agua en un vaso de vidrio transparente,

sobre un platillo tintero. Es una mujer enérgica. De corta estatura

y ligeramente obesa. El cabello lo tiene decolorado con los

rastros de una tintura rubia no retocada en mucho tiempo, insuficiente

para ocultar las raíces de un cabello totalmente cano. Su

rostro conserva el aire de la belleza que tuvo en épocas pasadas.

Los siguientes párrafos son parte de su testimonio de vida;

un testimonio que se queda corto por la brevedad de la entrevista

y, sobre todo, por las múltiples interrupciones del timbre

telefónico. Nació en el Urabá antioqueño, en los albores de la

que algunos consideraron la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Natural del municipio de Dabeiba, pueblo que no conoce aunque

creció en el pueblo vecino, Mutatá. De manera jocosa cuenta

que su papá era un borrachín al que su mamá perseguía por todo

el golfo de Urabá: «La persecución iniciaba en Chigorodó, donde

solía irse de parranda, lo seguía por todo el eje bananero, por

Apartadó, Turbo y hasta Necoclí, donde él intentaba perdérsele

con las putas». Era el atardecer de la década de los años sesentas

del siglo xx; entonces Sulma no cumplía los quince años. En esa

época su padre la quiso casar con un hombre al que ella apenas

conocía; ella se voló con otro y fue a dar a Medellín. Con el marido

de la fuga tuvo dos hijos (para la fecha de mi primer encuentro

con ella, en la primera década del nuevo siglo, la mayor estaba

en edad veinteañera, soñaba con ser actriz, por ello estudió en la

Academia de Ronald Ayazo y ya había interpretado algunos extras

en televisión; el menor aún estudiaba). Ambos hijos estaban

de brazos cuando a él lo mataron por robarle una cadena. Y ya

corrían los años ochenta, tiempo en el que, además, sus padres

se habían tenido que desplazar de Urabá, por la misma violencia

guerrillera, y ahora vivían en la capital paisa.

Vinieron años de escasez. Terminó viviendo nuevamente

con sus padres, el señor Manco como prefiere denominarlo, y

doña Isabel, su madre. «El señor Manco» no conseguía trabajo

en una ciudad industrial para la que él, campesino de pura

cepa, no estaba preparado. A ella, con el hijo menor en brazos,

nadie la quería emplear. Sus hijos crecían y el hambre era un

sinónimo de sus días. Un día tomó la decisión: «Mamá, me voy

a volver puta». Era una mujer que andaba por algo más de los

diecisiete años; con dos hijos, muy bonita. Todos los hombres,

al verla sola e indefensa, le caían y se lo pedían sin agüero; con

las tiernas promesas de que, si accedía, ellos la cuidarían a ella

y a sus hijos. Pero ella se olía la falsedad en cada palabra. Doña

Isabel, que había adoptado la fe evangélica hacía algunos años,

casi sufre un infarto. «Mi madre puso el grito en el cielo, pero yo

le expliqué que no iba a dejar morir de hambre a mi familia; y

que si todos los hombres me lo pedían yo lo iba a dar pero, eso

sí, iba a cobrar, y a cobrar caro.»

El teléfono empieza a sonar. Ella lo toma de un escritorio

arrinconado junto a la ventana, donde hay un computador

y algunos papeles en desorden. «Me llaman aun en horas de la

madrugada —me dirá después—, a las dos de la mañana todavía

estoy respondiendo el teléfono. Me llaman para cuadrar seminarios

sobre el sida, para que consiga mujeres para charlas sobre

seguridad y salud con el comando de Policía…»

La llamada que recién entra es de una mujer que le pide

asesoría sobre una demanda que le llevan los abogados. Ella le

pregunta si trabaja con fulana. Que si está en la zona de Mártires

o la de Santa Fe. Le explica algo de los procesos de demanda,

por qué y para qué; todo muy deletreado y con letra fina, para

que le quede claro. Finalmente, le dice con gran seguridad y

seriedad: «usted trabaja donde trabaja fulana, entonces usted

me conoce a mí, vea yo soy la monita, bajita, la que les dice que

se bajen un poco la falda, que no le den papaya a la Policía para

que las atropelle. La que les dice que no muestren tanto el culito.

Sí, sí, a ustedes les gusta mostrarse con su ombliguera a pesar de sus gordos y su celulitis, pues bueno, pero no le den papaya

a la Policía, ellos siempre van a molestar, pero si ustedes les dan

papaya es peor». Y luego se despide. Me mira, y de inmediato

comenta: «Me viven llamando gonorrea, pero cuando me llaman

por teléfono para pedirme ayuda me dicen doctora».

Llegó a Bogotá en 1990. Año en que, decidida, se plantó

por primera vez en la avenida Caracas con calle 22 a esperar su

primer cliente. Pronto se hizo famosa en el sector del centro.

«Encontré un montón de putas llenas de miedo por los abusos

de la Policía, que las vacunaba para dejarlas trabajar; si no había

plata nos llevaban a cualquier lado y querían que se los diéramos

de gratis, y si nos oponíamos nos metían en las alcantarillas

como si fuéramos ratas. Me les empecé a enfrentar. En esos años

hasta salía en la televisión por los bochinches con la Policía…

Hoy, somos lo más de amigos; del comando cada rato me llaman

para que les ayude con charlas que ellos dictan a la comunidad».

De esta manera registra en los borradores de su libro esa nueva

cercanía lograda con la institución policial:

El 22 de marzo de 1996 recibí de manos del mejor

policía del mundo General Rosso José Serrano Cadena

una placa que tiene el símbolo de la policía y

dice “Metropolitana Santa fe de Bogotá B. G. Luis

Ernesto Gilibert Vargas a: Sulma Manco por sus incondicionales

servicios al programa de trabajadoras

sexuales, Santa fe de Bogotá. Marzo 22 de 1996.

«Era tanto el atropello enfrentado en la calle que un día me

dije: esto no puede seguir así. Yo tengo que prepararme para

defender a las prostitutas, y me metí a estudiar. De día en la calle

y por la noche estudiaba. Terminé el bachiller por allá por el

año 96; y luego hice ocho semestres de derecho, y luego nueve

de psicología.» No me cuenta dónde estudió, ni el porqué no se

tituló, solo comenta: «No me alcanzó para graduarme, en ninguna

de las dos carreras»; en cambio, señala en la pared diplomas de Análisis y diseño de sistemas, Manejo de Archivos, Redacción,

Técnicas de Oficina; Contabilidad y Sistemas Integral,

entre otros estudios cursados en Institutos como arkos “u”.

«Para ese tiempo, yo ya era el orgullo de la familia, imagínese,

una familia donde el mayor orgullo es una puta», acota cuando

habla de los estudios realizados.

De nuevo la interrupción telefónica: esta vez la llama

un político, que desde ahora está engranando campaña para

elecciones locales. El hombre le ofrece su carro para que lo

acompañe a una reunión, ella accede con la condición de que

cuadren todo en otro momento. Luego de colgar trata de explicarme:

«Es un candidato, me invita a una reunión donde

hay población mía, quiere sus votos; le dije que no tenía plata

para pasajes y me dijo que mandaba por mí, pero eso como

decía un amigo mío que es gay: “los políticos no son sino calentura

de horqueta, como el amor de los maricas”». Aprovecha

para contar que, a finales de la década de los noventa y en

representación de las prostitutas, ella también fue candidata al

Concejo de Bogotá.

A mediados de los mismos años noventa, creó una organización

que defiende los derechos de las prostitutas. Iniciando

la primera década del siglo xxi, hacia el 2003, apoyada por

la firma de abogados donde la conocí, instauró un proceso de

demanda contra la Alcaldía Mayor de Bogotá por persecución

a las mujeres del Centro, de donde las querían sacar: «Las sacaron

a casi todas de la carrera Décima; también las querían sacar

de la Caracas, la calle 18, la calle 24 y todos los alrededores; eso

era un atropello contra el libre derecho al trabajo».

En confianza me dice que, después de retirarse de la prostitución,

en el ocaso de los noventa, visitó alguno que otro cliente;

pero que ya era otra cosa; ya no estaba en la calle tan desprotegida.

Con su retiro de la prostitución adquirió un estatus que

no le daba para la comida de la familia, por eso vivió de vender

condones y de algunas «platicas» que aprendió a gestionar para

poder mantener viva su organización de mujeres.

Nunca reniega de su vida, de los años duros; situación que

nunca niega, siempre declara que fue y es prostituta, a ninguno

de sus hijos les negó su oficio, siempre lo enfrentó. «Cómo

negarles el oficio con que los saqué adelante». Entonces vuelven

los recuerdos que la enorgullecen tanto o más que la placa

que recibió de manos del general Luis Ernesto Gilibert: «En

1998 recibí el segundo lugar en el Quinto Premio La Equidad

a la Mujer Cooperativista, ya en 1996 me había graduado como

Bachiller Académico en el Paraninfo de la Universidad del Trabajo;

vestida con todas las de la ley, de toga y con birrete».

Durante las dos primeras décadas del siglo xxi ha vivido

para cumplir dos sueños: el primero, que a sus prostitutas y afiliadas

a su organización se les reconozca el padecer diario a que

las somete un trabajo que muchos piensan que es el de la vida

alegre, pero que con los años ella ha llegado a pensar que no es

más que una violación consentida por una mujer que necesita

del dinero siempre insuficiente que le dejan los clientes; y su

segundo sueño: la publicación de un libro cuya redacción le llevó

más de veinticinco años, su biografía, y que lleva por título:

Profesión: Prostituta.

sábado, 4 de abril de 2026

 Todos nuestros títulos pueden acompañar tu biblioteca. 






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Bogotá D.C.
Centro Comercial Los Ángeles
Calle 19 No. 4-71 Local 319


domingo, 2 de marzo de 2025

Mudanza y otras minificciones

 Mudanza y otras minificciones. Autor: Luis Carlos Pulgarín Ceballos

Precio: $ 25.000=
Envíos, dentro de Colombia: $ 13.000=
Pedidos: WhatsApp 3153434060.




Mudanza hace hincapié en el subgénero del relato negro, una tendencia que empieza a cobrar importancia para un buen sector de autores colombianos, dado el clima de impunidad de nuestra época. Un final muy a tono con el despliegue argumental logra completar el círculo metafórico postulado desde sus inicios.

Elmo Valencia y José Martínez Sánchez
Jurados Premio Literario Eutiquio Leal, 2012


Mini prólogo

Por: Jota Villaza.

Los textos breves e hiperbreves, nos han llevado desde la antigüedad, por el pensamiento de la sabiduría, de la reflexión y las sentencias finales, que generalmente no admite una variante, el minicuento o minificción con sus igualdades y diferencias nos dejan allí, frente al texto con esa sensación de inmensidad, como la palabra mar, que nos lleva al inmenso océano, perplejos, sin más que decir, sólo con la verdad total que nos acaban de revelar, bien sea mediante una narrativa o una sentencia poética.

Luis Carlos Pulgarín Ceballos, en su devenir, por el teatro, el cuento, la crónica, la poesía y la novela, nos trae ahora una especie de síntesis de su pensamiento y criterio creativo, por medio de numerosos relatos de asombrosa inmensidad en su brevedad, como manantiales en los que navegamos, para llegar indefectiblemente al océano mínimo de MUDANZA, en el que además nos lleva por un oscuro laberinto incursionando en las artes plásticas, esas que además de llenar el lienzo dejando enormes incógnitas, llenan el corazón de asombro y de incertidumbre.

El libro se deja leer con una fluidez asombrosa y cada vez se asoma a laberintos diferentes de los parajes recónditos del alma humana, desde lo espiritual hasta lo terrenal y llegamos al texto final que nos detiene, que es tormenta, que no nos deja fluir, como si a nosotros nos faltara inspiración para terminar el cuadro, o el texto, para ese estallido final que es de satisfacción y nostalgia.

Gracias a Luis Carlos por estos bellos textos y Gracias a los lectores por su complicidad.


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En Mudanza y otras minificciones la brevedad se hace concisa bajo la complicidad del lenguaje que surfea, se hace preciso y comprime la anécdota. Esta, se tiñe de color, de amor o de dolor, de seres encarnados o que se pierden y deambulan entre la realidad, las metáforas o las fábulas. Hay aquí la clara intención de construir y renovar el relato formal y el imaginario cultural, con nuevos matices de color y texturas que aproximen el discurso en búsqueda de otra visión posible, desde la creación literaria, apropiando figuras y formas narrativas comprimidas dónde cómodamente se mueven las dualidades humanas.
Ramiro Agudelo López
Escritor


La realidad supera la ficción, se ha vuelto común en las descripciones literarias, algunos de los textos aquí publicados, aunque se traten de “minificciones”, parecen confirmar lo anterior de manera categórica.


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Tres relatos:


Primero fue Lilith
Una mañana cualquiera de aquellos primeros tiempos que no tenían almanaque, Adán despertó y no encontró rastro de Lilith. En su lugar estaba una tímida y virginal Eva nacida para el resignado destino de la procreación, más allá del libidinoso e inútil goce del deseo de la carne y la reinvención de las múltiples formas del amor. Lilith fue presencia anticipada del sentimiento del deseo en el paraíso, manifestación concreta de los impulsos primarios del dios bíblico que lloró por no haber nacido mortal como Adán para acceder a los misterios de la piel y la fragancia del sudor del eros al atardecer. Lilith, tentación permanente de Adán, embrujo de la madrugada cuando los desvelos de su creador lo afligían tanto que sus lágrimas se convertían en rocío del amanecer. Lilith fue carne, pasión, primer sentimiento del pecado de los celos y las rivalidades entre Adán y su dios creador. Lilith ráfaga de volcán en erupción es el canto y el bullicio permanente que destiló su lava ardiente por todos los rincones del Edén. Lilith fue la daga que desangró la noche cuando Dios huyó al otro lado de la luna para no avergonzarse de cómo Ella y Adán, en un duelo intenso, batalla cuerpo a cuerpo, conquistaron el universo del amor. El castigo, a tanto desparpajo autónomo de Lilith, fue el destierro del paraíso.



Desenlace

El cabello cano, al caer, predice que su vida se
extingue: la ceniza es la manifestación certera de la vejez
del cigarro.



Job rebelado*
Llevaba días escribiendo su novela. Había inventado el destino más inverosímil, literariamente hablando, para su personaje. Capítulos ambivalentes, páginas inciertas, párrafos a la deriva. Pero... nunca nadie imaginaría que, en un extremo acto de rebeldía, el personaje reclamaría un más justo destino. Por ello cuando se enteró de que la intención de su autor era asesinarlo al final, decidió adelantársele. La novela jamás se concluyó. Los más expertos detectives del cuerpo de inteligencia nacional, sin el menor indicio de sospechoso alguno, decidieron cerrar el caso dándolo como un suicidio.

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* Finalista en el III Concurso Internacional de Microrrelatos de la
Fundación César Egido Serrano y el Museo de la Palabra, Madrid, España; 2013.


Bolicolomperecuvenezuela y otros relatos

 Bolicolomperecuvenezuela y otros relatos.

Primera edición, febrero de 2025.

Autor: Juan Gil Blas (Medellín, 1.959).

Precio: $ 30.000=
Envíos, dentro de Colombia: $ 13.000=
Pedidos: WhatsApp 3153434060.

El último relato del presente volumen, “La mujer de Rodas”, fabula el escondido origen de los antioqueños como fruto de un mestizaje de violación de las mujeres nativas; solo después fue el amor y la familia. Es lo que se llamó: Conquista. “Un beso de amor eterno”, esa extraña manifestación de muertos descrita en 1989, anuncia el fatídico número 6042 que conocimos después y que todavía zahiere; vislumbra también, la fatídica Escombrera, esa fosa común ya indeleble del paisaje de Medellín. “Peón cuatro rey”, para amantes del ajedrez político y literario, demoró diez años para un final digno de las Madres Buscadoras y de las Madres de la Candelaria, significativas pares criollas de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina. “Tan sabrosa la libertad”, retrata la personalidad de un señor llamado Carlos Castaño reprobado por la colombianidad y por los valores de la humanidad: ese hombre que ninguno de nosotros, bajo ninguna circunstancia, desearía ser. “Fantasías de primavera” no enloda el carácter comercial de la ciudad de la eterna primavera; por el contrario, lo resalta hasta el límite de la exacerbación. “Cuento de Navidad” canta la paz de bandos enemigos (ambos del pueblo) que fraccionaron la hermandad de la nación colombiana, o que fueron fraccionados por esta. “Una jornada más” dibuja la Medellín soñadoramente rebelde de finales del siglo veinte y que el tiempo derrotó en su fracasada versión insurreccional… pero que existió, nadie lo desconoce. “SE ARRIENDA”, más otros relatos cortos, son una pincelada de la tragedia que suele ser la vida, también la vida que sucede ajena a las vicisitudes históricas.
En conjunto, estos 56 títulos son una selección de fábulas cortas que dan cuenta de la historia del país de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno. Particularmente, de Antioquia y Medellín, tierra natal del autor. Ficción, reflexión filosófica, divertimento literario, un amplio abanico de las posibilidades de la literatura.
La literatura, ese oficio de la soledad más acompañada, de tanto en tanto nos recuerda su sabia costumbre de no deberle nada al rey.

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La literatura de Juan Gil Blas
Cuidado, al abrir de cada página siguiente te puede asaltar un fantasma. Los fantasmas que rondan los parajes desolados de una literatura que no es de este tiempo, aun teniendo el olor del presente; que es como su autor, una literatura que huye al tedio y la banalidad de tanta historia faranduleada, narcotizada, una literatura que evade los espacios sociales donde se distrae la atención de lo verdaderamente importante para tiempos de incertidumbre y se crean cortinas de humo que terminan siendo cómplices del olvido. Y es que la literatura de Juan Gil Blas es memoria, es testimonio, es denuncia, es desahogo del tiempo aciago que durante siglos han vivido estas tierras donde tanta sangre ha corrido. Los fantasmas recorren los caminos que se entrecruzan en cada párrafo de los cuentos de Juan Gil Blas, o por lo menos en la mayor parte de ellos; cada línea es un camino lleno de asombro que nos conduce a un universo narrativo que se erige como un territorio olvidado, de aquellos donde reina, a sus anchas, la violencia. Pero a diferencia de los fantasmas de otros textos de la literatura universal, como los de Rulfo por ejemplo, los fantasmas que recorren estas páginas van más allá del panorama de lo fatal sin salida, hay un matiz de fino humor, de cierta ironía, de cierta sorna que genera atmósferas menos densas en la lectura, tal vez una intención secreta del autor de que al final de todo puede haber alguna salida menos cruda, con nuevas luces de esperanza para una humanidad que parece devastada. Y como mi papel en estas breves líneas de apertura para estos relatos (selección propia del autor para esta colección), no es remplazar su voz, corto la cinta inaugural de este acto de entrega literaria y os deseo un abrazo cálido de cada ser cadavérico o esquelético que pueda estar esperándoles escondido a la sombra del punto final de cada párrafo. Pero ojo, son los fantasmas y los esqueletos de un pueblo vivo. Los fantasmas y los esqueletos de los desaparecidos. Los textos fueron tomados de Diálogos de la eterna primavera (1992); Diccionario triste (1998); El valle de los perros mudos (2000); Dos cuentos (2002); Colección memoria (cuadernillos, 2007); El difícil cuento de la educación de Mateo Falcone (2009).
Luis Carlos Pulgarín Ceballos
Editor


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Tres relatos:

Veinte valerosos vampiros
VEINTE VALEROSOS VAMPIROS consiguieron mantener intacta la integridad del pabellón K. aunque fuese sólo por escaso tiempo. Su certera aparición instantes previos a la caída de la tarde, quién lo creyese, conminó al retiro inmediato del capellán, del administrador y del jardinero, acompañados de los ingenieros. Cuán incómodas resultan las reestructuraciones, cuán insulsas las remodelaciones, cuán indignos los traslados. Si los resultados saltasen a la vista, valga y pase; pero si se trata de dejar las cosas como estaban o peor, entonces no. El capellán raras veces se pone de acuerdo con el administrador; además, los ingenieros en pocas ocasiones interpretan de manera correcta las directrices del capellán y del administrador. El jardinero escucha y cumple. Había que verlos decididos como soldados de guerra avanzando con los picos y las palas en las manos, los ingenieros al frente y los demás detrás. “Yo abro el primero”, detuvo el administrador al ingeniero jefe. Él mismo picó, escarbó y echó la lápida al suelo. ¡Y volaron los veinte valientes vampiros! El olor de humedad concentrada, la tierra pasada de tiempo y el malestar de los bichos de la corrupción, junto con el vuelo en fuga de los veinte vampiros súbitamente puestos en libertad, hizo dar pie atrás al administrador. Se apartaron los ingenieros, retrocedieron el capellán y el jardinero, y el administrador, alejándose, exclamaba, enarbolando pico y pala contra los vampiros: “¡Atrás! ¡Atrás!”. Así se salvó de manera temporal el pabellón K., quién sabe hasta cuándo.



Rústicas remembranzas rurales

 

ERIGIRSE A LA PAR CON LA PALMA es digno del acontecimiento birlibirloquesco de la vida. Verla brotar de pronto como retoño de la tierra, y después verla hacerse arbolito de melena y corbatín; derecha y pujante va la palma creciendo, y el campesino, igual que ella, se hace niño y adolescente, primero de juguetes y luego de espejos, el campesino de vidrio, ella de sol. La palma va alimentándose de las aguas bajo tierra, y el campesino de las aguas rojas de las venas, y en ambos, qué bella curiosidad, el agua es casi las dos terceras partes de todo. Que a la palma creciendo rumbo al cielo no la detiene nadie; que al campesino menos. Que la palma fabrica más tarde palmitas; que el campesino hijitas. Que los dos son vigorosos, que el cenit del crecer, pero, que, ay, un hacha, zas zas, una escopeta, bang bang, por la mitad, certeras, hasta hacerlos doblar y caer, hasta derrotarlos en su pleno fulgor, la palma sin ardor, el campesino con dolor.

Bella savia la que circulaba por las venas de Ricardo Ramírez Rendón, el 408 de la galería del Divino Redentor, procedente del campo.



Múltiplos de Mayakovski

 

SE SABE que el padre del poeta ruso Vladimir Mayakovski murió de una infección en la sangre luego de pincharse un dedo con un alambre. Muerte inesperada, triste y absurda. Un pinchazo. Un alfiler. ¿Se ha pensado menor motivo? ¿Se ha encontrado después un arma tan insignificante y paradójicamente pacífica? ¿Qué hacía allí el alambre? ¿Por qué el señor Mayakovski, padre, tenía que pasar justo por ese sitio de la cómoda contra la pared y tropezar y pincharse, infectarse y morir? ¿Y por qué él y no otra persona? ¿Y por qué otro si así fuera? ¿Quién le dio tal destino al señor Mayakovski? ¿Se lo dio él mismo? ¿O meramente las cir­cunstancias ingobernables lo condujeron a la increíble hila­zón de un dedo, un alambre y un roce mortal? ¿Por qué? ¿Con qué derecho? ¿No hubiese sido mejor, más justa y menos dramática una muerte senil? ¿O tan siquiera un enorme pino que lo aplastara como gelatina durante su visita al bosque como inspector forestal? Por lo menos habría sido un final adecuado, dentro del orden establecido, aceptable. Pero, ¿un infeliz alambre acabar así no más con un hombre que se defendía de todo menos de los alfileres?

Así es el azar.

El 14 de abril de 1930, su hijo, Vladimir Mayakovski, el poeta trágico, futurista y proletario, levantó su brazo de hombre grande, se apuntó con una pistola en el pecho y disparó.

Así obra la voluntad propia.

Y ayer no más, en el alba triste del solar*, María Maldonado, que visitaba a su hija Marina, recibió un balazo anónimo en la espalda, y hoy duerme aquí, serena, ecuánime, sonriente.

Así opera la voluntad ajena.

 


* Cementerio. En Diccionario triste solar y cementerio son sinónimos (N.E.)






Cuentos entre el bosque y la luna

 Cuentos entre el bosque y la luna.

Autores: Marta Quiñonez, Luis Carlos Pulgarín Ceballos y Diana Arango (Ilustradora).

Libro Cara y Cruz (Lado A y Lado B)

Precio: $ 30.000=
Envíos, dentro de Colombia: $ 13.000=
Pedidos: WhatsApp 3153434060

Entre el bosque y la luna contiene dos relatos cuyos protagonistas son niños. Mientras en Samweli y el tiempo hay una inocente pero profunda reflexión sobre el concepto del tiempo, en Para Subir al Cielo habitan los diálogos imaginarios de un hijo con su padre desaparecido en medio de la violencia que se vive en su territorio.
Dos bellos relatos nacidos de la realidad y recreados desde la fantasía que nos acercan a las preguntas por: el tiempo, la adultez, la separación, el conflicto armado, el desplazamiento, pero también la ilusión.

domingo, 8 de septiembre de 2024

Es la guerra… (Y no es un cuento) - Segunda parte

 Es la guerra…  (Y no es un cuento)

Lecciones histéricas de Colombia.


Leer Primera parte: 
Segunda parte

Por: Luis Carlos Pulgarín Ceballos

Antes de retomar la historia de Fulgencio Parra, permítanme el siguiente paréntesis para aclarar contextos:

Es claro que había la necesidad de que la américa latina, sometida al colonialismo español, se liberara; y no pretendo restarle importancia a ese primer proceso de expulsión del yugo invasor surgido en los diferentes territorios del nuevo continente; pero hay que aceptar que el cacareado grito de “independencia” de 1810, al menos en Colombia, fue un proyecto clasista, centralista y excluyente que solo buscaba privilegios políticos para una clase criolla ilustrada y pudiente con pretensiones de identidad europea dada la sangre que les corría por las venas (precisemos que en Colombia la clase criolla estaba compuesta -en su origen-, por hijo o hija de español con española nacido en territorio americano; luego: hijo o hija de padres o madres españoles con padres o madres criollas, luego hijo o hija de padres y madres criollas pero descendientes directos de españoles).  

Esa élite criolla, privada del ejercicio de la participación política en los altos cargos de gobierno (decisión de los reyes españoles); pero no privados del disfrute de los privilegios de las fortunas de sus padres; realmente no pensaban con sinceridad en el lema de “libertadigualdad y fraternidad” que imperó en la Revolución Francesa (uno de los antecedentes que impulsó la valentía rebelde del proyecto independista); al menos no para todos los habitantes de los territorios a independizar.  En su proyecto político no estaban las masas indígenas, las negritudes esclavizadas (incluso en muchas de sus casas feudales), tampoco estaban en su horizonte emancipador los mestizos, mulatos, zambos, pardos; masa poblacional pobre, compuesta por unas nuevas generaciones étnicas originadas en la promiscuidad criminal de los conquistadores, terratenientes y gobernantes españoles, que violaron mujeres indígenas y negras para luego negar (en la mayoría de los casos) la paternidad correspondiente.

Tanto era el nivel excluyente de esta primera “revolución” que incluso aquellos sectores criollos de menor o nulo poder económico estaba por fuera del proyecto político con el cual se pretendía reorganizar el territorio “independizado”; como lo demuestra el hecho de que el único líder criollo, de bajo poder económico, que además sí pensaba que la revolución debería ser construida con las masas pobres y miserables, terminó en la cárcel condenado por sus mismos “hermanos” criollos de revolución. Estamos hablando de José María Carbonell, el apodado “Chispero de la revolución”, historia que nos merecería capítulo aparte, para no irnos por un camino diferente a la historia de Fulgencio Parra que nos ocupa ahora y con la cual queremos tratar de entender por qué, en tiempos del siglo XXI, los pobres siguen siendo los que terminan peleando guerras ajenas; guerras de quienes las crean, pero nunca entran al campo de batalla.

Así pues, Fulgencio Parra fue uno de esos tantos excluidos, descendiente de mestizo con mulata, ambos pobres; que en su infancia muchas veces comió tierra a falta de pan digno, y que perdió, como ya dijimos a su padre, de tendencia política liberal, en otra guerra.

Retomemos: Me voy a matar azules, le dijo Fulgencio a su madre, dejándola en el embargo de la incertidumbre. Y se enlisto en el ejército de los rojos.

Al ejército de los rojos llegó Fulgencio. Quería un uniforme y un arma que lo autorizaran a matar azules, quería vengar la muerte de su padre.

Perdió la cuenta de las veces que disparó su fusil de dotación. Cada noche hacía la cuenta de los posibles azules que habría matado, sin tener certeza, pues los únicos muertos de los que tenía cuenta clara eran los rojos que caían a su lado cuando las balas enemigas los alcanzaban.

Muertos azules y muertos rojos encontraba día a día en el campo de batalla, muertos de lanza, muertos de machete y cuchillo, muertos de bala de fusil; muertos de abandono en descomposición. Y en los rostros sacrificados de los muertos azules, quiso adivinar cuál de ellos podría haber sido el posible asesino de su padre, quería terminar su guerra, pero debía estar seguro de que ya habría vengado la muerte del padre.

Tantos rostros, tantos gestos de terror ante la inminencia de la muerte, tantas cicatrices de miseria, tantas arrugas que manifestaban desolación. Esos rostros de los azules eran tan iguales a su rostro, al que fue el rostro de su padre, al rostro de los mismos rojos. Y empezó a tener pesadillas con esa multitud de rostros, los rostros de los muertos revisados con la ansiedad de encontrar al victimario de su padre, los rostros de fatiga y desesperanza de sus compañeros rojos. Los rostros de los mismos pobres de siempre, fueran rojos o azules, al final, rostros de la misma clase sacrificada como carne de cañón en la guerra.

De súbito, una noche despertó pensando que tenía que dar con el asesino de su padre, no podía seguir sin saber si el victimario de su padre caía también, y que ese objetivo perseguido no lo iba a lograr si seguía desde el ejército rojo; no, para saberlo a ciencia cierta tenía que infiltrarse en el ejército azul, preguntar, esculcar, descubrir con precisión. No iba a seguir siendo perseguido por tanto rostro sin la certeza de saberse vengado. Así pues, a la madrugada de un día cualquiera desertó del ejército rojo y se dio sus mañas para ser reclutado en el ejército azul, donde -haciendo de tripas corazón por tener que relacionarse con sus enemigos-, le dio continuidad a su proyecto de venganza.

Pero una cosa piensa el burro y otra piensa quien lo está enjalmando: Ya enfilado en el ejército enemigo, empezó a pensar que todos esos combatientes azules son tan iguales a él y a tantos rojos, que igual están allí en el campo de batalla por hambre, por instinto de venganzas iguales a la suya, y empieza a sentir que está en el lugar equivocado, ya ni le importa saber si quien mató a su padre en esa guerra pasada estaba vivo, o cayó muerto en otro combate, igual ya le parecía imposible dar col él, el enemigo son todos los azules le decían en el ejército anterior, el enemigo son todos los rojos le dicen en su nuevo ejército; no se busca matar a nadie en particular, cae el que tiene que caer, el que estaba destinado para morir ese día en el campo de batalla, llámese como se llame; la venganza individual entonces empieza a perder sentido para él, ya no quiere seguir más allí; esa guerra ya no es suya, tampoco de esa cantidad de combatientes azules y rojos, descalzos, descamisados, tan hambrientos como él;  tan reclutados a la fuerza muchos, por la necesidad de supervivencia otros, por venganzas equivocadas tantos…

Los días van y vienen, con la única novedad de que siguen cayendo, en el campo de batalla, rojos y azules; hasta que un día, los rojos le hacen una redada a los azules apresando a varios. Y entre los capturados está Fulgencio, a quien sus ex compañeros rojos reconocen como un traidor por pasarse al ejército enemigo. Entonces le hacen un consejo verbal de guerra, y de ipso facto es condenado a muerte.

Frente al pelotón de fusilamiento está Fulgencio Parra, será fusilado de manera inminente, por el ejército que un día defendió su padre, al primer ejercito al que llegó él en busca de una venganza sin sentido, en una guerra tan ajena para los pobres como él.

FIN.





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