Por: Luis Carlos Pulgaríon Ceballos
Tomado de: Antología Relata 2020. Ministerio de Cultura.
Supe de ella por dos o tres mujeres que, infructuosamente, intenté
entrevistar en pleno epicentro de la prostitución: las localidades
de Santa Fe y Mártires. «Mejor hable con la Mona»,
me propuso la primera. Otra de ellas soltó su nombre: Sulma.
Anduve de voyeur varias tardes. Algunas de ellas empezaron a
mirarme con desconfianza. Estas calles desahuciadas, habitadas
por decenas de desheredados, tan en el corazón de Bogotá, no
dan para más: un hombre que las espía, que insiste en observarlas
detenidamente, que se niega a atender sus invitaciones procaces
pero que tampoco se aleja, que vuelve al lugar cada tarde
sin ninguna oferta para ellas, no puede más que convertirse en
un elemento altamente sospechoso para estas mujeres que, aun
siendo arriesgadas en su oficio, no dejan de ser desconfiadas
con todo el mundo.
Pude elegir otro lugar para esta crónica. Ir a Chapinero, o a
El Chicó. Entrar a un bar de estrato 3, buscar un testimonio de
una de las chicas del lugar, por lo regular jovencitas que hacen
horas extras para presuntamente pagarse la universidad. Pude
buscar más al norte de la ciudad, o en una agencia de chicas
prepago, estas sí por lo regular universitarias estrato 4 y 5, pero,
desde siempre, me llamó la atención este rincón del centro bogotano;
tal vez el vértigo de lo sórdido me seduce más que entrar
a uno de los miserables cuartuchos en que cualquiera de estas mujeres se entregaría sin amor por infelices y devaluados
quince o veinte mil pesos. Eso vale su humillación ante cada
hombre solitario que las busca.
A Sulma me la presentaron unos amigos abogados, en una
oficina donde ella acudía a pedir asesorías para ayudar a las mismas
trabajadoras sexuales. De inmediato le hablé de mis correrías
por la avenida 19, las carreras 13, la calle 24, entre otras del
centro donde se agrupan decenas de mujeres y de travestis en
busca de un cliente. Le hablé de mi proyecto de novela sobre una
serie de asesinatos de prostitutas ocurridos en 1999, a mi parecer
determinados por la política de lo que se denominó entonces el
Plan de recuperación del espacio público y modernización del
centro. Le hablé de mi necesidad de entrevistar varias mujeres
sin que estas presentaran mayores prevenciones o ficcionaran sus
historias solamente para salir del paso u obtener algunos pesos.
Entonces me contó que ella estaba escribiendo su propia historia.
Quedamos en vernos al día siguiente en su casa, en donde,
además, funcionaba la Organización Cormujer, ong dedicada a
la defensa de las mujeres de la calle y que ella presidía en calidad
de exprostituta, como realmente le gusta que le digan, pues eso
de trabajadora sexual es para ella un sofisma, una forma educada
—y peyorativa— que se inventaron las Damas Verdes del país. A
lo mejor se les caía la lengua si pronunciaban la palabra castiza y
real de su condición de putas.
Tenemos cita a las dos de la tarde. Llego cuarenta minutos
retardado, apenado y temeroso de que no me reciba ya. Ella
sonríe y me dice que no me preocupe, pues tampoco había
cumplido la cita. Si yo hubiese llegado cumplido no la habría
encontrado. Hace muy poco había vuelto a casa, pues le cruzaron
otra reunión a última hora.
El apartamento es un espacio modesto, en un conjunto residencial
ubicado por la carrera 12 con calle segunda. Hay algo
de desorden por todos lados. Me invita a tomar algo. Le pido
agua. Ella va a la cocina y yo aprovecho para observar el entorno.
La poca luz que hay entra por una ventana abierta. Un apartamento normal, sin lujos, con los elementos necesarios, arrumados
por el poco espacio. Un juego de sala en madera, cojines
deteriorados; algunos cuadros (paisajes y bodegones) dispuestos
sin mayor estética en las paredes; una repisa de vidrio donde,
además de objetos varios, hay un equipo de sonido negro.
Sulma regresa con el agua en un vaso de vidrio transparente,
sobre un platillo tintero. Es una mujer enérgica. De corta estatura
y ligeramente obesa. El cabello lo tiene decolorado con los
rastros de una tintura rubia no retocada en mucho tiempo, insuficiente
para ocultar las raíces de un cabello totalmente cano. Su
rostro conserva el aire de la belleza que tuvo en épocas pasadas.
Los siguientes párrafos son parte de su testimonio de vida;
un testimonio que se queda corto por la brevedad de la entrevista
y, sobre todo, por las múltiples interrupciones del timbre
telefónico. Nació en el Urabá antioqueño, en los albores de la
que algunos consideraron la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.
Natural del municipio de Dabeiba, pueblo que no conoce aunque
creció en el pueblo vecino, Mutatá. De manera jocosa cuenta
que su papá era un borrachín al que su mamá perseguía por todo
el golfo de Urabá: «La persecución iniciaba en Chigorodó, donde
solía irse de parranda, lo seguía por todo el eje bananero, por
Apartadó, Turbo y hasta Necoclí, donde él intentaba perdérsele
con las putas». Era el atardecer de la década de los años sesentas
del siglo xx; entonces Sulma no cumplía los quince años. En esa
época su padre la quiso casar con un hombre al que ella apenas
conocía; ella se voló con otro y fue a dar a Medellín. Con el marido
de la fuga tuvo dos hijos (para la fecha de mi primer encuentro
con ella, en la primera década del nuevo siglo, la mayor estaba
en edad veinteañera, soñaba con ser actriz, por ello estudió en la
Academia de Ronald Ayazo y ya había interpretado algunos extras
en televisión; el menor aún estudiaba). Ambos hijos estaban
de brazos cuando a él lo mataron por robarle una cadena. Y ya
corrían los años ochenta, tiempo en el que, además, sus padres
se habían tenido que desplazar de Urabá, por la misma violencia
guerrillera, y ahora vivían en la capital paisa.
Vinieron años de escasez. Terminó viviendo nuevamente
con sus padres, el señor Manco como prefiere denominarlo, y
doña Isabel, su madre. «El señor Manco» no conseguía trabajo
en una ciudad industrial para la que él, campesino de pura
cepa, no estaba preparado. A ella, con el hijo menor en brazos,
nadie la quería emplear. Sus hijos crecían y el hambre era un
sinónimo de sus días. Un día tomó la decisión: «Mamá, me voy
a volver puta». Era una mujer que andaba por algo más de los
diecisiete años; con dos hijos, muy bonita. Todos los hombres,
al verla sola e indefensa, le caían y se lo pedían sin agüero; con
las tiernas promesas de que, si accedía, ellos la cuidarían a ella
y a sus hijos. Pero ella se olía la falsedad en cada palabra. Doña
Isabel, que había adoptado la fe evangélica hacía algunos años,
casi sufre un infarto. «Mi madre puso el grito en el cielo, pero yo
le expliqué que no iba a dejar morir de hambre a mi familia; y
que si todos los hombres me lo pedían yo lo iba a dar pero, eso
sí, iba a cobrar, y a cobrar caro.»
El teléfono empieza a sonar. Ella lo toma de un escritorio
arrinconado junto a la ventana, donde hay un computador
y algunos papeles en desorden. «Me llaman aun en horas de la
madrugada —me dirá después—, a las dos de la mañana todavía
estoy respondiendo el teléfono. Me llaman para cuadrar seminarios
sobre el sida, para que consiga mujeres para charlas sobre
seguridad y salud con el comando de Policía…»
La llamada que recién entra es de una mujer que le pide
asesoría sobre una demanda que le llevan los abogados. Ella le
pregunta si trabaja con fulana. Que si está en la zona de Mártires
o la de Santa Fe. Le explica algo de los procesos de demanda,
por qué y para qué; todo muy deletreado y con letra fina, para
que le quede claro. Finalmente, le dice con gran seguridad y
seriedad: «usted trabaja donde trabaja fulana, entonces usted
me conoce a mí, vea yo soy la monita, bajita, la que les dice que
se bajen un poco la falda, que no le den papaya a la Policía para
que las atropelle. La que les dice que no muestren tanto el culito.
Sí, sí, a ustedes les gusta mostrarse con su ombliguera a pesar de sus gordos y su celulitis, pues bueno, pero no le den papaya
a la Policía, ellos siempre van a molestar, pero si ustedes les dan
papaya es peor». Y luego se despide. Me mira, y de inmediato
comenta: «Me viven llamando gonorrea, pero cuando me llaman
por teléfono para pedirme ayuda me dicen doctora».
Llegó a Bogotá en 1990. Año en que, decidida, se plantó
por primera vez en la avenida Caracas con calle 22 a esperar su
primer cliente. Pronto se hizo famosa en el sector del centro.
«Encontré un montón de putas llenas de miedo por los abusos
de la Policía, que las vacunaba para dejarlas trabajar; si no había
plata nos llevaban a cualquier lado y querían que se los diéramos
de gratis, y si nos oponíamos nos metían en las alcantarillas
como si fuéramos ratas. Me les empecé a enfrentar. En esos años
hasta salía en la televisión por los bochinches con la Policía…
Hoy, somos lo más de amigos; del comando cada rato me llaman
para que les ayude con charlas que ellos dictan a la comunidad».
De esta manera registra en los borradores de su libro esa nueva
cercanía lograda con la institución policial:
El 22 de marzo de 1996 recibí de manos del mejor
policía del mundo General Rosso José Serrano Cadena
una placa que tiene el símbolo de la policía y
dice “Metropolitana Santa fe de Bogotá B. G. Luis
Ernesto Gilibert Vargas a: Sulma Manco por sus incondicionales
servicios al programa de trabajadoras
sexuales, Santa fe de Bogotá. Marzo 22 de 1996.
«Era tanto el atropello enfrentado en la calle que un día me
dije: esto no puede seguir así. Yo tengo que prepararme para
defender a las prostitutas, y me metí a estudiar. De día en la calle
y por la noche estudiaba. Terminé el bachiller por allá por el
año 96; y luego hice ocho semestres de derecho, y luego nueve
de psicología.» No me cuenta dónde estudió, ni el porqué no se
tituló, solo comenta: «No me alcanzó para graduarme, en ninguna
de las dos carreras»; en cambio, señala en la pared diplomas de Análisis y diseño de sistemas, Manejo de Archivos, Redacción,
Técnicas de Oficina; Contabilidad y Sistemas Integral,
entre otros estudios cursados en Institutos como arkos “u”.
«Para ese tiempo, yo ya era el orgullo de la familia, imagínese,
una familia donde el mayor orgullo es una puta», acota cuando
habla de los estudios realizados.
De nuevo la interrupción telefónica: esta vez la llama
un político, que desde ahora está engranando campaña para
elecciones locales. El hombre le ofrece su carro para que lo
acompañe a una reunión, ella accede con la condición de que
cuadren todo en otro momento. Luego de colgar trata de explicarme:
«Es un candidato, me invita a una reunión donde
hay población mía, quiere sus votos; le dije que no tenía plata
para pasajes y me dijo que mandaba por mí, pero eso como
decía un amigo mío que es gay: “los políticos no son sino calentura
de horqueta, como el amor de los maricas”». Aprovecha
para contar que, a finales de la década de los noventa y en
representación de las prostitutas, ella también fue candidata al
Concejo de Bogotá.
A mediados de los mismos años noventa, creó una organización
que defiende los derechos de las prostitutas. Iniciando
la primera década del siglo xxi, hacia el 2003, apoyada por
la firma de abogados donde la conocí, instauró un proceso de
demanda contra la Alcaldía Mayor de Bogotá por persecución
a las mujeres del Centro, de donde las querían sacar: «Las sacaron
a casi todas de la carrera Décima; también las querían sacar
de la Caracas, la calle 18, la calle 24 y todos los alrededores; eso
era un atropello contra el libre derecho al trabajo».
En confianza me dice que, después de retirarse de la prostitución,
en el ocaso de los noventa, visitó alguno que otro cliente;
pero que ya era otra cosa; ya no estaba en la calle tan desprotegida.
Con su retiro de la prostitución adquirió un estatus que
no le daba para la comida de la familia, por eso vivió de vender
condones y de algunas «platicas» que aprendió a gestionar para
poder mantener viva su organización de mujeres.
Nunca reniega de su vida, de los años duros; situación que
nunca niega, siempre declara que fue y es prostituta, a ninguno
de sus hijos les negó su oficio, siempre lo enfrentó. «Cómo
negarles el oficio con que los saqué adelante». Entonces vuelven
los recuerdos que la enorgullecen tanto o más que la placa
que recibió de manos del general Luis Ernesto Gilibert: «En
1998 recibí el segundo lugar en el Quinto Premio La Equidad
a la Mujer Cooperativista, ya en 1996 me había graduado como
Bachiller Académico en el Paraninfo de la Universidad del Trabajo;
vestida con todas las de la ley, de toga y con birrete».
Durante las dos primeras décadas del siglo xxi ha vivido
para cumplir dos sueños: el primero, que a sus prostitutas y afiliadas
a su organización se les reconozca el padecer diario a que
las somete un trabajo que muchos piensan que es el de la vida
alegre, pero que con los años ella ha llegado a pensar que no es
más que una violación consentida por una mujer que necesita
del dinero siempre insuficiente que le dejan los clientes; y su
segundo sueño: la publicación de un libro cuya redacción le llevó
más de veinticinco años, su biografía, y que lleva por título:
Profesión: Prostituta.
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