martes, 19 de mayo de 2026

Profesión Prostituta - Crónica

Por: Luis Carlos Pulgaríon Ceballos

Tomado de: Antología Relata 2020. Ministerio de Cultura. 


Supe de ella por dos o tres mujeres que, infructuosamente, intenté

entrevistar en pleno epicentro de la prostitución: las localidades

de Santa Fe y Mártires. «Mejor hable con la Mona»,

me propuso la primera. Otra de ellas soltó su nombre: Sulma.

Anduve de voyeur varias tardes. Algunas de ellas empezaron a

mirarme con desconfianza. Estas calles desahuciadas, habitadas

por decenas de desheredados, tan en el corazón de Bogotá, no

dan para más: un hombre que las espía, que insiste en observarlas

detenidamente, que se niega a atender sus invitaciones procaces

pero que tampoco se aleja, que vuelve al lugar cada tarde

sin ninguna oferta para ellas, no puede más que convertirse en

un elemento altamente sospechoso para estas mujeres que, aun

siendo arriesgadas en su oficio, no dejan de ser desconfiadas

con todo el mundo.

Pude elegir otro lugar para esta crónica. Ir a Chapinero, o a

El Chicó. Entrar a un bar de estrato 3, buscar un testimonio de

una de las chicas del lugar, por lo regular jovencitas que hacen

horas extras para presuntamente pagarse la universidad. Pude

buscar más al norte de la ciudad, o en una agencia de chicas

prepago, estas sí por lo regular universitarias estrato 4 y 5, pero,

desde siempre, me llamó la atención este rincón del centro bogotano;

tal vez el vértigo de lo sórdido me seduce más que entrar

a uno de los miserables cuartuchos en que cualquiera de estas mujeres se entregaría sin amor por infelices y devaluados

quince o veinte mil pesos. Eso vale su humillación ante cada

hombre solitario que las busca.

A Sulma me la presentaron unos amigos abogados, en una

oficina donde ella acudía a pedir asesorías para ayudar a las mismas

trabajadoras sexuales. De inmediato le hablé de mis correrías

por la avenida 19, las carreras 13, la calle 24, entre otras del

centro donde se agrupan decenas de mujeres y de travestis en

busca de un cliente. Le hablé de mi proyecto de novela sobre una

serie de asesinatos de prostitutas ocurridos en 1999, a mi parecer

determinados por la política de lo que se denominó entonces el

Plan de recuperación del espacio público y modernización del

centro. Le hablé de mi necesidad de entrevistar varias mujeres

sin que estas presentaran mayores prevenciones o ficcionaran sus

historias solamente para salir del paso u obtener algunos pesos.

Entonces me contó que ella estaba escribiendo su propia historia.

Quedamos en vernos al día siguiente en su casa, en donde,

además, funcionaba la Organización Cormujer, ong dedicada a

la defensa de las mujeres de la calle y que ella presidía en calidad

de exprostituta, como realmente le gusta que le digan, pues eso

de trabajadora sexual es para ella un sofisma, una forma educada

—y peyorativa— que se inventaron las Damas Verdes del país. A

lo mejor se les caía la lengua si pronunciaban la palabra castiza y

real de su condición de putas.

Tenemos cita a las dos de la tarde. Llego cuarenta minutos

retardado, apenado y temeroso de que no me reciba ya. Ella

sonríe y me dice que no me preocupe, pues tampoco había

cumplido la cita. Si yo hubiese llegado cumplido no la habría

encontrado. Hace muy poco había vuelto a casa, pues le cruzaron

otra reunión a última hora.

El apartamento es un espacio modesto, en un conjunto residencial

ubicado por la carrera 12 con calle segunda. Hay algo

de desorden por todos lados. Me invita a tomar algo. Le pido

agua. Ella va a la cocina y yo aprovecho para observar el entorno.

La poca luz que hay entra por una ventana abierta. Un apartamento normal, sin lujos, con los elementos necesarios, arrumados

por el poco espacio. Un juego de sala en madera, cojines

deteriorados; algunos cuadros (paisajes y bodegones) dispuestos

sin mayor estética en las paredes; una repisa de vidrio donde,

además de objetos varios, hay un equipo de sonido negro.

Sulma regresa con el agua en un vaso de vidrio transparente,

sobre un platillo tintero. Es una mujer enérgica. De corta estatura

y ligeramente obesa. El cabello lo tiene decolorado con los

rastros de una tintura rubia no retocada en mucho tiempo, insuficiente

para ocultar las raíces de un cabello totalmente cano. Su

rostro conserva el aire de la belleza que tuvo en épocas pasadas.

Los siguientes párrafos son parte de su testimonio de vida;

un testimonio que se queda corto por la brevedad de la entrevista

y, sobre todo, por las múltiples interrupciones del timbre

telefónico. Nació en el Urabá antioqueño, en los albores de la

que algunos consideraron la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Natural del municipio de Dabeiba, pueblo que no conoce aunque

creció en el pueblo vecino, Mutatá. De manera jocosa cuenta

que su papá era un borrachín al que su mamá perseguía por todo

el golfo de Urabá: «La persecución iniciaba en Chigorodó, donde

solía irse de parranda, lo seguía por todo el eje bananero, por

Apartadó, Turbo y hasta Necoclí, donde él intentaba perdérsele

con las putas». Era el atardecer de la década de los años sesentas

del siglo xx; entonces Sulma no cumplía los quince años. En esa

época su padre la quiso casar con un hombre al que ella apenas

conocía; ella se voló con otro y fue a dar a Medellín. Con el marido

de la fuga tuvo dos hijos (para la fecha de mi primer encuentro

con ella, en la primera década del nuevo siglo, la mayor estaba

en edad veinteañera, soñaba con ser actriz, por ello estudió en la

Academia de Ronald Ayazo y ya había interpretado algunos extras

en televisión; el menor aún estudiaba). Ambos hijos estaban

de brazos cuando a él lo mataron por robarle una cadena. Y ya

corrían los años ochenta, tiempo en el que, además, sus padres

se habían tenido que desplazar de Urabá, por la misma violencia

guerrillera, y ahora vivían en la capital paisa.

Vinieron años de escasez. Terminó viviendo nuevamente

con sus padres, el señor Manco como prefiere denominarlo, y

doña Isabel, su madre. «El señor Manco» no conseguía trabajo

en una ciudad industrial para la que él, campesino de pura

cepa, no estaba preparado. A ella, con el hijo menor en brazos,

nadie la quería emplear. Sus hijos crecían y el hambre era un

sinónimo de sus días. Un día tomó la decisión: «Mamá, me voy

a volver puta». Era una mujer que andaba por algo más de los

diecisiete años; con dos hijos, muy bonita. Todos los hombres,

al verla sola e indefensa, le caían y se lo pedían sin agüero; con

las tiernas promesas de que, si accedía, ellos la cuidarían a ella

y a sus hijos. Pero ella se olía la falsedad en cada palabra. Doña

Isabel, que había adoptado la fe evangélica hacía algunos años,

casi sufre un infarto. «Mi madre puso el grito en el cielo, pero yo

le expliqué que no iba a dejar morir de hambre a mi familia; y

que si todos los hombres me lo pedían yo lo iba a dar pero, eso

sí, iba a cobrar, y a cobrar caro.»

El teléfono empieza a sonar. Ella lo toma de un escritorio

arrinconado junto a la ventana, donde hay un computador

y algunos papeles en desorden. «Me llaman aun en horas de la

madrugada —me dirá después—, a las dos de la mañana todavía

estoy respondiendo el teléfono. Me llaman para cuadrar seminarios

sobre el sida, para que consiga mujeres para charlas sobre

seguridad y salud con el comando de Policía…»

La llamada que recién entra es de una mujer que le pide

asesoría sobre una demanda que le llevan los abogados. Ella le

pregunta si trabaja con fulana. Que si está en la zona de Mártires

o la de Santa Fe. Le explica algo de los procesos de demanda,

por qué y para qué; todo muy deletreado y con letra fina, para

que le quede claro. Finalmente, le dice con gran seguridad y

seriedad: «usted trabaja donde trabaja fulana, entonces usted

me conoce a mí, vea yo soy la monita, bajita, la que les dice que

se bajen un poco la falda, que no le den papaya a la Policía para

que las atropelle. La que les dice que no muestren tanto el culito.

Sí, sí, a ustedes les gusta mostrarse con su ombliguera a pesar de sus gordos y su celulitis, pues bueno, pero no le den papaya

a la Policía, ellos siempre van a molestar, pero si ustedes les dan

papaya es peor». Y luego se despide. Me mira, y de inmediato

comenta: «Me viven llamando gonorrea, pero cuando me llaman

por teléfono para pedirme ayuda me dicen doctora».

Llegó a Bogotá en 1990. Año en que, decidida, se plantó

por primera vez en la avenida Caracas con calle 22 a esperar su

primer cliente. Pronto se hizo famosa en el sector del centro.

«Encontré un montón de putas llenas de miedo por los abusos

de la Policía, que las vacunaba para dejarlas trabajar; si no había

plata nos llevaban a cualquier lado y querían que se los diéramos

de gratis, y si nos oponíamos nos metían en las alcantarillas

como si fuéramos ratas. Me les empecé a enfrentar. En esos años

hasta salía en la televisión por los bochinches con la Policía…

Hoy, somos lo más de amigos; del comando cada rato me llaman

para que les ayude con charlas que ellos dictan a la comunidad».

De esta manera registra en los borradores de su libro esa nueva

cercanía lograda con la institución policial:

El 22 de marzo de 1996 recibí de manos del mejor

policía del mundo General Rosso José Serrano Cadena

una placa que tiene el símbolo de la policía y

dice “Metropolitana Santa fe de Bogotá B. G. Luis

Ernesto Gilibert Vargas a: Sulma Manco por sus incondicionales

servicios al programa de trabajadoras

sexuales, Santa fe de Bogotá. Marzo 22 de 1996.

«Era tanto el atropello enfrentado en la calle que un día me

dije: esto no puede seguir así. Yo tengo que prepararme para

defender a las prostitutas, y me metí a estudiar. De día en la calle

y por la noche estudiaba. Terminé el bachiller por allá por el

año 96; y luego hice ocho semestres de derecho, y luego nueve

de psicología.» No me cuenta dónde estudió, ni el porqué no se

tituló, solo comenta: «No me alcanzó para graduarme, en ninguna

de las dos carreras»; en cambio, señala en la pared diplomas de Análisis y diseño de sistemas, Manejo de Archivos, Redacción,

Técnicas de Oficina; Contabilidad y Sistemas Integral,

entre otros estudios cursados en Institutos como arkos “u”.

«Para ese tiempo, yo ya era el orgullo de la familia, imagínese,

una familia donde el mayor orgullo es una puta», acota cuando

habla de los estudios realizados.

De nuevo la interrupción telefónica: esta vez la llama

un político, que desde ahora está engranando campaña para

elecciones locales. El hombre le ofrece su carro para que lo

acompañe a una reunión, ella accede con la condición de que

cuadren todo en otro momento. Luego de colgar trata de explicarme:

«Es un candidato, me invita a una reunión donde

hay población mía, quiere sus votos; le dije que no tenía plata

para pasajes y me dijo que mandaba por mí, pero eso como

decía un amigo mío que es gay: “los políticos no son sino calentura

de horqueta, como el amor de los maricas”». Aprovecha

para contar que, a finales de la década de los noventa y en

representación de las prostitutas, ella también fue candidata al

Concejo de Bogotá.

A mediados de los mismos años noventa, creó una organización

que defiende los derechos de las prostitutas. Iniciando

la primera década del siglo xxi, hacia el 2003, apoyada por

la firma de abogados donde la conocí, instauró un proceso de

demanda contra la Alcaldía Mayor de Bogotá por persecución

a las mujeres del Centro, de donde las querían sacar: «Las sacaron

a casi todas de la carrera Décima; también las querían sacar

de la Caracas, la calle 18, la calle 24 y todos los alrededores; eso

era un atropello contra el libre derecho al trabajo».

En confianza me dice que, después de retirarse de la prostitución,

en el ocaso de los noventa, visitó alguno que otro cliente;

pero que ya era otra cosa; ya no estaba en la calle tan desprotegida.

Con su retiro de la prostitución adquirió un estatus que

no le daba para la comida de la familia, por eso vivió de vender

condones y de algunas «platicas» que aprendió a gestionar para

poder mantener viva su organización de mujeres.

Nunca reniega de su vida, de los años duros; situación que

nunca niega, siempre declara que fue y es prostituta, a ninguno

de sus hijos les negó su oficio, siempre lo enfrentó. «Cómo

negarles el oficio con que los saqué adelante». Entonces vuelven

los recuerdos que la enorgullecen tanto o más que la placa

que recibió de manos del general Luis Ernesto Gilibert: «En

1998 recibí el segundo lugar en el Quinto Premio La Equidad

a la Mujer Cooperativista, ya en 1996 me había graduado como

Bachiller Académico en el Paraninfo de la Universidad del Trabajo;

vestida con todas las de la ley, de toga y con birrete».

Durante las dos primeras décadas del siglo xxi ha vivido

para cumplir dos sueños: el primero, que a sus prostitutas y afiliadas

a su organización se les reconozca el padecer diario a que

las somete un trabajo que muchos piensan que es el de la vida

alegre, pero que con los años ella ha llegado a pensar que no es

más que una violación consentida por una mujer que necesita

del dinero siempre insuficiente que le dejan los clientes; y su

segundo sueño: la publicación de un libro cuya redacción le llevó

más de veinticinco años, su biografía, y que lleva por título:

Profesión: Prostituta.

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